Se me hace egoísta pensar solo en mí y no en mi familia, pero he pasado tanto tiempo pensando en ellos que me olvidé de existir, y eso tampoco es correcto. Está bien querer transformar tu entorno, pero el bienestar de los demás no puede ser tu responsabilidad. Apoyar es un acto de amor, no una cadena, porque todos estamos rotos de alguna forma y nadie nace desempeñando muy bien su papel.
Sin embargo, si no cortas el lazo que asfixia, incluso dentro de tu propio hogar, ese círculo te terminará consumiendo. Dar un paso atrás y buscar espacio no significa falta de amor; ellos se han esforzado mucho, pero mi salud mental es hoy mi prioridad. A veces, dejar el nido es el acto más sano para ambas partes: ellos descansan del peso de cuidarme y yo dejo de sentirme una carga.
Pronto sé que podré brillar. Sanar toma tiempo y es asunto que solo me corresponde a mí, para no seguir arrastrando heridas que dañen a otros en el futuro. Como una flor que se seca en una maceta pequeña, hay que salir de ahí para volver a echar raíces y florecer en un lugar propio. Salgo para no morir, para vivir la vida que todavía quiero tener.
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